
Las expectativas de una Cuba en constante efervescencia, convulsionada frente a la incertidumbre sobre la salud de Fidel, se desvanecen apenas uno pisa la isla. La dinámica rutinaria permanece intacta para la amplia mayoría de los cubanos. La gente transita sus días y noches con una tranquilidad y una calma que, lejos de la indiferencia con relación a Fidel y al futuro, es en realidad el producto de una conciencia colectiva, una idiosincrasia, sólidamente patriótica y políticamente madura.
Las dudas frente al futuro de la revolución una vez desaparecido Fidel parecen evaporarse frente a la claridad histórica de un pueblo que tras ese liderazgo, irremplazable en muchos sentidos, se reconoce como “el sujeto” revolucionario y se muestra dispuesto a defender férreamente cada una de sus conquistas.
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